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Podemos ha recibido un golpe demoledor en Aragón. Tras las elecciones autonómicas celebradas el pasado 8 de febrero, la formación morada se queda fuera del Parlamento aragonés, confirmando su desplome electoral y su desconexión total con la calle.
La campaña estuvo marcada por unas declaraciones incendiarias de Irene Montero o, que en un mitin llegó a hablar abiertamente de un “reemplazo”, asegurando que había que sustituir a “fascistas y racistas” por una sociedad nueva vinculada a la inmigración. Un mensaje provocador, sectario y profundamente divisivo que no pasó desapercibido para miles de votantes.
Lejos de centrarse en los problemas reales de los aragoneses —la inflación, el campo, la inseguridad o la falta de oportunidades— Podemos volvió a refugiarse en su discurso ideológico, en la confrontación y en el insulto fácil hacia todo aquel que no piensa como ellos.
El resultado ha sido contundente: el electorado les ha dado la espalda y les ha expulsado de las instituciones. Aragón se convierte así en otro ejemplo del derrumbe de un partido que nació prometiendo “cambiarlo todo” y termina desapareciendo, víctima de su radicalismo y de su obsesión por dividir a la sociedad.
Podemos se apaga, y las urnas han hablado con claridad.